17/07/2020 Cristian Martínez

La Aversión

Cómo puede autodestruirnos

Las emociones actúan como mensajeras de vital importancia. Son para ayudarnos a satisfacer nuestras necesidades básicas para la supervivencia y la seguridad.

Las emociones más destacadas son la felicidad, la tristeza, el miedo, asco (desagrado), la ira. Ellas están encargadas que de forma natural nos envíen señales, y que nosotros al prestar atención a estas señales sepamos qué debemos hacer para sobrevivir e incluso para prosperar.

Las emociones están perfectamente diseñadas y han evolucionado para ser cada vez más temporales. Tienen que serlo. Son para reaccionar a un estímulo y durará hasta que lo que lo provocó ya no esté.

Es evidente que algunas situaciones perduran y por lo tanto nuestra reacción emocional lo hace ante ellas. Por ejemplo, el fallecimiento de un ser querido es probable que la tristeza dure por muchos meses después de haber sufrido la perdida. Aún así en estas situaciones las personas poco a poco van recobrando normalidad y empiezan a descubrir la posibilidad de volver a sonreír y reír.

¿Por qué, entonces dura más la depresión y la infelicidad que las situaciones que la provocan? ¿O por qué se alarga tanto, a veces, el sentimiento de malestar y de insatisfacción?

La respuesta breve es:

Reaccionamos emocionalmente ante nuestras propias emociones.

Es decir, un estímulo llega a nosotros y nuestras emociones nos envían la señal que hay un asunto que resolver allá afuera, el cerebro moviliza todo un patrón de reacciones rápidamente, la mayoría automáticas, para evitarlo o escapar de este estímulo. A este patrón inicial de reacciones lo denominamos aversión. La aversión nos obliga a actuar de manera apropiada ante una situación y así apagar la señal de advertencia.

Pero el problema para nuestro bienestar es cuando las emociones señalan que lo que hay que resolver está aquí adentro, nuestros sentimientos, pensamientos y el sentido del yo. Nadie puede escapar de su propia experiencia interna. No podemos eliminar los pensamientos desagradables, opresivos y amenazadores luchando contra ellos.

A veces durante el día nos sentimos un poco tristes y eso, como es natural, no nos gusta. El problema de los que reaccionamos emocionalmente a nuestras emociones, es que buscamos explicaciones válidas del porqué nos sentimos como nos sentimos.

Pensamos, ¿Por qué estoy otra vez tan triste y saco todo otra vez a relucir? ¿Acaso no he mejorado?

Tratamos de hacer actividades pero nuestros pensamientos nos distraen ya que aún no hay explicación de porqué nos sentimos cómo nos sentimos. “¿Qué ha ocurrido hoy para que me sienta así?” “¿Quizás voy a sentirme siempre así?” “¿Llegaré a sentirme alguna vez realmente feliz?” Entonces nuestras reacciones ante la tristeza nos hacen sentir más tristes. Nuestros esfuerzos por sentirnos mejor pasan a ser aleteos desesperados por comprender ¡¿qué #@*%$ está pasando?!

El problema con la depresión persistente no es “entristecerse”.  El problema no es la tristeza en sí, sino cómo reacciona nuestra mente ante ella.

Como expuse anteriormente, las emociones están perfectamente diseñadas para empujarnos a actuar, a hacer algo para rectificar la situación. La señal debe apagarse cuando la mente registra que la situación se ha resuelto.

Los problemas surgen cuando reaccionamos de forma negativa -con aversión- ante nuestras propias emociones negativas. Y tratamos de corregir algo que es incorregible con las herramientas que normalmente utilizamos para arreglar las demás situaciones.

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